‘Se abrió un mundo completamente nuevo’
CHARLOTTE — Desde joven, el Diácono Eduardo Bernal tuvo un corazón misionero, aunque nunca imaginó los caminos que Dios tenía preparados para él en su búsqueda vocacional.
En 1990, cuando emigró de El Salvador a Glen Cove, Nueva York, siendo un joven adulto de solo 20 años de edad, Bernal sintió el llamado a servir a los más necesitados.
“Yo no soy de oficina; soy de la calle, de servir entre la gente”, dijo el Diácono Bernal.
Mientras que participaba en los grupos de jovenes en la parroquia St. Patrick’s de Glen Cove conocio y pudo convivir con sacerdotes vicentinos y seminaristas, y comenzó a sentirse atraído por el diaconado. Mientras participaba en los grupos de jóvenes de la parroquia St. Patrick’s de Glen Cove, conoció y convivió con sacerdotes vicentinos y seminaristas, lo que despertó en él una atracción por el diaconado.
“Sin saber por qué, desde joven el diaconado me llamó la atención”, recordó.
En el año 2000, el Diácono Bernal llegó a la Diócesis de Charlotte para trabajar en el Ministerio Hispano, gracias al sacerdote vicentino Vincent Finnerty, entonces director del ministerio bajo el obispo William Curlin.
Primero sirvió ocho meses en la vicaría de Winston-Salem y luego pasó 15 años coordinando comunidades en las montañas del oeste de Carolina del Norte incluyendo las vicarías de Smoky Mountains y Asheville. Allí vivió plenamente la experiencia misionera que deseaba, ayudando a comunidades sin parroquias cercanas y acompañando a inmigrantes en su transición.
“Cuando llegué, solo había una parroquia con Misa”, dijo el Diácono Bernal. “Había mucha necesidad y realmente viví una experiencia misionera completa”.
En 2004, ya con la edad requerida, inició su formación diaconal en el programa diocesano de formacion para el Diaconado permanente. Sin embargo, en 2010, cuando le faltaba un año para la ordenación, descubrió que Dios tenía otros planes: el matrimonio.
“Me di cuenta de que mis planes, aunque buenos, no eran los planes de Dios”, expresó.
Bernal decidió discernir su vocación matrimonial junto a Brenda, a quien había conocido años antes en Winston-Salem. Explica que su formación diaconal le ayudó a reconocer barreras personales que le impedían considerar esa posibilidad.
“Mi plan era ordenarme y luego irme como misionero a otra parte del mundo, pero no contemplaba el matrimonio”, dijo.
Tras casarse y formar una familia con el nacimiento de su hija, Mónica Bernal-Arroyo, asegura que su fe y confianza en Dios crecieron aún más.
“Yo vivía solo para trabajar y dormir. Cuando me casé, mi vida cambió”, comentó.
En 2015 retomó su preparación para el diaconado en Charlotte, esta vez con el apoyo total de su esposa, lo que fortaleció también su vida espiritual.
El 25 de septiembre de 2021, Eduardo Bernal fue ordenado diácono permanente, un momento que describe como un antes y un después en su vida.
“Al salir de la iglesia de San Marcos, recién ordenado, una pareja de Guadalupe se acercó para pedirme una bendición. Me quedé congelado por la emoción”, recordó. “En ese primer mes, el que era invisible se volvió visible”.
Cinco años después, el Diácono Bernal continúa su labor misionera como clérigo ordenado en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, donde sigue viendo grandes necesidades en la comunidad.
Al reflexionar sobre este tiempo, asegura sentirse más cercano que nunca a los fieles y agradece la confianza de quienes se acercan a compartir aspectos personales de sus vidas. Ahora también espera motivar a otros hombres a discernir una posible vocación al diaconado permanente.
“Con el diaconado conocí una nueva cara de la Iglesia, aun después de muchos años de servicio”, dijo el Diácono Bernal. “Se me abrió un mundo nuevo”.
— Brian Segovia

