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Catholic News Herald

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102125 JPIIBOONE — Aleksandra Banasik fue una persona muy rebelde desde temprana edad. Aunque vivía en Polonia durante la época del comunismo, una ideología que entre los años 40 y 80 limitó fuertemente la expresión religiosa, su madre le imponía reglas estrictas: debía asistir a misa todos los domingos y contarle con detalle lo que el sacerdote decía en la homilía, para asegurarse de que realmente había asistido.

Pero Aleksandra era una joven atrevida, con ganas de vivir a su manera.

“Yo me quedaba solo para escuchar las primeras palabras de la homilía, para tener una idea de qué trataba, y luego, mis amigas y yo nos íbamos al cine,” recuerda entre risas. “Mi madre nunca se enteró.”

Hoy, Aleksandra trabaja como Coordinadora de la Vicaría Hispana en Boone en la Diócesis de Charlotte. Y aunque su juventud estuvo marcada por cierta rebeldía, reconoce que fue el Espíritu Santo, a través de experiencias concretas, quien fue conduciendo su vida hacia una amistad extraordinaria con un santo: el Papa San Juan Pablo II.

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Comienzos de la Divina Providencia

A los 18 años, Aleksandra ya era una joven curiosa que deseaba descubrir el mundo. Gracias a su relación con unas monjas, consiguió la oportunidad de estudiar en una escuela católica para niñas en Inglaterra. Fue su primer contacto con un entorno internacional, donde convivió con jóvenes de diferentes países y culturas.

Allí, sin embargo, se sintió sola. “Estaba lejos de mi familia, y ni siquiera podía llamar a mi mamá. Pero fue en medio de esa soledad donde descubrí a Dios.”

Venía de una familia de clase obrera, y en aquella escuela muchas niñas eran de familias adineradas. Pero lo que más le llamó la atención no fue lo material, sino la diferencia espiritual.

Aleksandra mantenía sus prácticas de oración diaria, antes de las comidas y al acostarse, y eso despertaba curiosidad.

“No sabía mucho de la Iglesia, pero sabía que había que orar. Las niñas me preguntaban: ‘¿Por qué oras?’ Y eso fue difícil… porque no tenía una respuesta.”

Fue en ese momento cuando algo en ella se encendió. Se dio cuenta de que no podía justificar lo que creía, y eso la sacudió profundamente.

“Yo tenía que saber cómo defender mis prácticas,” afirma. “Entonces decidí que iba a ir a la universidad para estudiar Teología.”

De vuelta en Polonia, ingresó a la Universidad Pontificia de Cracovia. Allí comenzó una nueva etapa, llena de estudio, formación… y encuentros providenciales.

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Encuentro con el futuro Santo Padre

Durante sus años universitarios en Cracovia, Aleksandra conoció al entonces Cardenal Karol Wojtyła, futuro Papa San Juan Pablo II, una figura muy cercana a los estudiantes, con quienes compartía cenas y conversaciones.

“Allí conocí al Cardenal Wojtyła”, explica Aleksandra. “Tuve la oportunidad de compartir muchas cenas con él en la universidad.”

Recuerda con especial cariño su alegría y su amor por el canto. “Una de las cosas que más recuerdo de él era su amor por cantar”, evoca Aleksandra, quien cantaba con un grupo de estudiantes y compartía ese gusto con él.

En medio de la difícíl situación que vivía Polonia bajo el comunismo, Wojtyła animaba constantemente a los jóvenes a no tener miedo, a vivir la fe con valentía. Impulsaba la organización de misas y peregrinaciones, a pesar de las restricciones del régimen.

“Fue un excelente líder de la diócesis en ese momento,” reflexiona Banasik. “Nos decía: ‘No tengan miedo, abran las puertas’.”

También recuerda su profunda devoción mariana: “Él ofreció su vida a la Madre Santísima.”

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Una sorpresa providencial

Un año después, Aleksandra recibió una noticia que la dejó sin palabras: su querido cardenal había sido elegido Papa. El 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyła se convirtió en Juan Pablo II, el primer Papa no italiano en más de 400 años.

“Cuando vi que era él, no lo podía creer”, dice Aleksandra.

En julio de 1979, Juan Pablo II visitó su diócesis natal en Cracovia. Multitudes acudieron a verlo. Aleksandra también estuvo presente y lo vio pasar en su papamóvil, vestido de blanco. “Fue un hecho histórico para Polonia”, recuerda. Pero no sería la última vez que lo vería de cerca.

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Un salto de fe: rumbo a Roma

Después de estudiar un año y medio en Cracovia, Aleksandra sintió el llamado a continuar su formación en Roma, en la Pontificia Università Urbaniana. Fue aceptada, y aunque todo parecía ir bien, había un detalle: no tenía visa de estudiante.

“Yo había viajado con visa de turista, y no sabía cómo funcionaban los trámites”, cuenta. “Todos me decían que no iba a poder obtener la visa, pero yo tenía fe de que Dios me ayudaría.”

Se presentó en la oficina de inmigración con esa convicción. “Con la ayuda de Dios, voy a conseguir la visa de estudiante.” El funcionario, sorprendido, le respondió entre risas: “¿De verdad?”. Aleksandra contestó: “Sí”.

Lo increíble ocurrió: el funcionario se retiró unos minutos y volvió con su pasaporte ya sellado con la visa de estudiante. “Fue un momento de gracia. Dios es grande.”

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Una relación de hija y padre

En Italia, Banasik y otros estudiantes vivían en Castel Gandolfo, en un apartamento escolar junto a los jardines de la residencia de verano del Papa. A medida que Banasik se involucraba más con la universidad, conoció a un obispo polaco que la invitó, junto con otro estudiante, a asistir por primera vez a una audiencia privada con el Papa, celebrada en el jardín de su residencia de verano. Recuerda con claridad el momento en que el Papa la vio por primera vez desde Roma. “Su semblante cambió. Luego se acercó a mí y me saludó en polaco, algo que no solía hacer. Me habló como si fuera mi padre.”

Más adelante, gracias a su amistad con el fotógrafo Arturo Mari, pudo asistir a muchas más audiencias papales y compartir numerosos momentos con el Papa.Desde ese momento, la relación se volvió personal. El Papa se interesó por sus estudios y su vida en Roma.“Me decía: ‘Sigue estudiando. Después de cada examen, tienes que venir a decirme cómo te fue’.”

Esa cercanía fue clave para Aleksandra, quien vivía sola y sin familia. “Desde ese momento, el Papa tomó el lugar de mi padre. Supo que yo estaba sola y mostró una preocupación paternal muy real.”En una ocasión, durante una audiencia, el Papa incluso la señaló entre la multitud y dijo: “Ella es mi niña.”

“Cada vez que conversábamos, él me escuchaba con atención. Siempre fue como un padre para mí.”

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Una vida basada en la fe

Aleksandra continuó sus estudios, terminó su maestría en teología y se casó en Roma con un estudiante Mexicano de la misma Universidad. Al día siguiente de su matrimonio, el Papa Juan Pablo II fue personalmente a bendecir su unión. Sus hijos también tuvieron la oportunidad de crecer cerca del Papa, viendo su constante ejemplo de humildad y servicio. Por 12 años vivieron en Roma, hasta que Dios los llamó a servir en México. Sin embargo, hasta el fallecimiento del Papa en 2005, la familia permaneció cercana a él. Una de las cosas que lleva cómo recuerdo de sus enseñanzas es su inquebrantable creencia en el poder de la oración, y en particular del rosario.

“Tuvimos muchas bendiciones por estar tan cerca del Papa”, afirma Aleksandra. “Y ahora sigue viviendo en mi corazón como santo. Siempre le pido su intercesión en oración”
Para Aleksandra, la fe no fue simplemente una idea. Fue un camino de confianza total en Dios, adquirido a través del ejemplo de San Juan Pablo II.

— Brian Segovia 

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