El primer santo indígena del continente americano
“Morenita del Tepeyac”. “Reina de México”. “Emperatriz de las Américas”. Estos son algunos de los nombres con los cuales la Virgen de Guadalupe es reverenciada no sólo en México, sino en toda Latinoamérica y el resto del mundo. Sin embargo, esta devoción no hubiera sido posible sin un humilde indígena llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien vivió en el actual territorio mexicano desde 1474 a 1548 -- y quien presenció la aparición de la Virgen de Guadalupe por primera vez un 9 de diciembre de 1531 en el Cerro de Tepeyac.
Fue el Papa Juan Pablo II quien lo canonizó el 31 de julio de 2002 en la Basílica de Guadalupe --la casa de la
“Emperatriz de las Américas”, edificada en el mismo Tepeyac en Ciudad de México. En esta solemne ocasión, el Santo Padre destacó que “Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo”.
El Papa lo llamó un “indio sencillo y humilde” en su homilía y es que vivió una existencia modesta en Cuautitlán, entonces reino de Texcoco. De origen chichimeca, no mucho se sabe de la infancia y juventud de Juan Diego, quien se llamaba Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba “Águila que habla”. Cuando los misioneros franciscanos llegaron a México en 1524, él y su esposa María Lucía estuvieron entre los primeros en recibir el sacramento del bautismo. La pareja también recibió el sacramento del matrimonio y vivieron un matrimonio cristiano hasta la muerte de María Lucía en 1529.
El futuro santo de la Iglesia Católica nutría su fe constantemente a través del estudio del catecismo y la Eucaristía. Aquel 9 de diciembre de 1531, el campesino iba precisamente camino a la iglesia de Santiago, en Tlatelolco, con la intención de asistir a Misa. Fue al pasar por el Cerro de Tepeyac que se le apareció una resplandeciente
Virgen María, que se le presentó como “la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios”.
Nuestra Señora de Guadalupe le manifestó --en náhuatl, la lengua materna de Juan Diego-- que era su voluntad que se erigiera una iglesia en aquel lugar. Lleno de júbilo, Juan Diego corrió a contar lo sucedido al obispo, Juan de Zumárraga, quien lo escuchó sin creerle.
Tres días después, el 12 de diciembre, la Virgen se le volvió a aparecer y, esta vez, le pidió a Juan Diego que subiera a la cima del Tepeyac, recogiera rosas (a pesar de ser invierno), y se las llevara. Así lo hizo el humilde campesino, y después de reunir las flores las envolvió en su tilma. La Virgen le indicó que las presentara al prelado como prueba de la veracidad de sus apariciones. Ya en la presencia del obispo, el campesino dejó caer las más bellas rosas, revelando en su manto la imagen inexplicablemente impresa de la Virgen de Guadalupe.
Fue así como Juan Diego, “facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos”, expresó el Papa Juan Pablo II en su canonización.
El obispo Juan de Zumárraga mandó a construir una ermita en el Tepeyac y Juan Diego, demostrando una fiel y profunda devoción por la Virgen de Guadalupe, dejó todo y se mudó a una pequeña vivienda junto al lugar donde permaneció la tilma con la imagen de la Virgen de Guadalupe hasta que fue trasladad a la Antigua Basílica de
Guadalupe, hoy conocida como el Templo Expiatorio de Cristo Rey. En esa ermita pasaría sus últimos años, cuidando aquel manto con la imagen de la Virgen impresa como un tesoro, ocupándose de la limpieza del lugar, y dando la bienvenida a peregrinos que iban a orar.
Juan Diego, quien se convertiría en el primer santo indígena del continente americano, murió a los 74 años, en mayo de 1548. La Iglesia Católica conmemora a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin cada 9 de diciembre, recordando la primera aparición de la Virgen María de Guadalupe en el Cerro Tepeyac, el lugar donde la Basílica de Guadalupe atrae a millones de peregrinos cada año, quienes recurren a ella como la Madre que guía a Jesús.
— OSV News

